Para Carlos Sierra, una obra no termina en la madera. Cada pieza tiene detrás una historia. Aquí están sus dos textos más queridos: el agradecimiento de la Casa Real por sus tallas y el ensayo que le dedicó el periodista Diego Medrano.
En julio de 2014, el Jefe de Protocolo de la Casa de S. M. el Rey escribió desde el Palacio de la Zarzuela para agradecer, en nombre de los Reyes, las dos tallas que Carlos y Teresa les hicieron llegar:

“Sus Majestades los Reyes me encargan que les trasladen su sincero agradecimiento por las dos piezas que les han hecho llegar, tanto a ellos como a Su Alteza Real la Princesa de Asturias, al tiempo que les envían un saludo muy afectuoso junto con sus mejores deseos.”Casa de S. M. el Rey · Jefe de Protocolo · Palacio de la Zarzuela, 11 de julio de 2014
Por Diego Medrano · 6 de octubre de 2021
Carlos Sierra es el último lírico de una nueva escultura secreta, embridada de animalismo, donde sus figuras no dejan de ser portentos artefactos artísticos, sin perder una sombra ni grandeza natural. La lucha de Joan Miró la fijó el maestro en pocas palabras: “Trabajo como un jardinero”. Sierra, igual que el maestro, desbroza, elimina, son varias las calas, no desmerece la cata. El arte del toreo, la fiesta vivida en toda su amplia efervescencia, solo busca una captura: la aprehensión del instante. Así sus toros, en busto, cabezas repletas de memoria, no miran desde la quietud, explican todo un mundo desde una memoria del movimiento, en ellas palpita y late toda la danza del duelo al natural y sin reservas. Difícil olvidar una sola mirada desde los ojos fijos y cuajados de valor de sus animales totémicos.
El artista, bregado en el servicio público, largos años miembro destacado en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, bajo la bota más inclemente del terrorismo vasco en los años del plomo, no renuncia a su pasado, orígenes o gratitudes inmediatas en sus trabajos. Así la bandera de España con la que rubrica la práctica totalidad de los mismos, no es tal cuanto un estado de ánimo eterno, un ancla del tiempo en el tiempo de todas las veletas, la poética heroica de quien se sabe de un lugar, ajeno a vaivenes y corrupciones mundanas. Solo el Picasso que rechazó la Gran Cruz de la Legión de Honor, la más alta distinción francesa, tras haber hecho casi toda su obra en París, puede asentir y emocionarse desde la lejanía amarilla de los diccionarios y enciclopedias. “¿Francés yo? Siempre fui español”, certificó el malagueño sin el menor rubor ni la oportuna arrebola.
Sierra es un lírico del movimiento, sus cabezas animales o en cualquier otro soporte, van siempre contra el estatismo, por eso ya, de entrada, solo podemos hablar de Obra de Arte, en mayúsculas. Sierra, en segunda instancia, es un lírico del detalle, y “encadenar detalles” es el único objeto de la obra creativa, tal y como pontificó Vladimir Nabokov referido al texto literario, visite así el espectador la conjunción entre ojos, miradas, pelajes, gestualidad en definitiva de sus criaturas casi humanizadas, en un discurso físico que excede toda barrera física concebible. Hay talento, pero mucho más cercanía emocional, confesión animal, si cabe tal ecuación donde el misterio, la molécula de intriga, son máximos. Sierra, a la manera de Miró, desde Oviedo, trabaja como un jardinero, sí, pero también como un mago. Es la magia de actuar sobre los seres y las cosas (el espectador) por medios simbólicos (la gestualidad animal) para solo producir efectos extraordinarios (poesía). El teórico Malinowski dedicó toda su vida al estudio de los pueblos primitivos y ahí subraya la magia cada vez que “se va a realizar una tarea importante donde no es posible triunfar por medios propios”. Concluye Malinowski: “En magia son las ideas inconscientes quienes actúan”. La fábula de Sierra es borrar ese inconsciente animal para que solo quede en el espectador la pregunta, la intriga, la duda y el chispazo imprevisto.
No es un animal tras otro lo decisivo de su producción, no es una pieza o talla tras otra quien define la obra de este creador, sino todo un bosque, un conjunto de criaturas sometidas a su óptica, siempre otras poetizadas por un creador incomparable e incorruptible. No juzga, no muestra, no discursea, la fuerza de su arte es la del embeleco inmediato en unos seres siempre dispuestos a la acción, interpretados al sesgo, en pleno trance, donde no cabe la quietud ni en el ensimismamiento. Su obra viaja de la impresión —al modo francés— a la impregnación donde la presencia es todo.
Aquí llegamos al punto decisivo del arte creativo de Carlos Sierra en sus tallas salvajes: el ensueño. Sus animales, por un lado, viven en un estado deliberado de alejamiento de la realidad; por el otro, sí, la brecha no es otra que la distancia entre el pensamiento vigilante y el sueño. Así espectador y criatura están distraídos del mundo anterior, concebido como amenaza. Es la borrosa conciencia de los clásicos donde el curato vive bajo el soporte de un encadenamiento de imágenes bajo supremas motivaciones afectivas y ninguna lógica. Por eso Sierra es un poeta: la obra de arte huye de rutina, escapa a la monotonía, es la ausencia de estímulo en el mundo ambiental quien desarrolla el ensueño. No es artesano sino artista: su obra constituye un modo de defensa radical del yo contra el tedio y frustraciones de la vida cotidiana, por eso la talla nos hace subir, por eso el enaltecimiento es máximo sin la menor caída sensorial.
Sus criaturas son atención permanente. No solo es técnica o talento, el embrujo viene dado por los sonidos, hay excitación nerviosa, punto de atención del animal como entendimiento de alguna fugaz fijeza, atención voluntaria dependiente del animal y su motivación, pero también la más decisiva, la involuntaria, capturada al vuelo, consecuencia de la organización particular de un campo perceptivo, donde la figura aparece y el mundo del que proviene desaparece del conjunto, he ahí el misterio. Los animales del artista Carlos Sierra escapan, se liberan de todo afecto intolerable. Viven luminosos, cercanos a la iluminación, afantasmados y brillantes, donde esa misma fantasmagoría es narrativa, literaria, artística, plástica, maravillosa. Es la niebla nebulosa de toda gran guerra pacífica. Un inconsciente descubierto por fractura, ruptura, radicalidad, donde la emoción es voluntad. Así no posan sus animales, viven cercados por una resistencia, ajenos a la herida del mundo exterior, replegados en sí mismos, concentrados en su haber, donde lo imaginario vuelve a ser inadaptación y cura analítica, donde lo cercano es imposible y táctil.
Son tan cotizadas las obras de arte del creador Carlos Sierra por una sola condición: la pregnancia. Una estructura, cabeza o torso animal, se impone a nosotros, espontáneamente y con fuerza. Para ello fue necesario desgajarla del conjunto del que formaba parte, añadirle la música secreta de la inestabilidad, imbricarse e implicarse en lo que tanto quiso la psicología de la Gestalt: la obsesión del recuerdo por las mismas leyes, reteniéndose mejor lo que está organizado de lo que no. Así la obra artística de Carlos Sierra es radioactiva, concéntrica, a partir de un punto central no abandona su expansión. El proceso plástico resulta embriagador por el paso de la psicología humana del creador a la consciente y preconsciente conciencia solo de la talla. Puro psiquismo humano/animal, a la manera del antropólogo Lévi-Strauss y otros, no deformado por las exigencias de la civilización moderna. Es lo que faltaba por decir: Carlos Sierra es un clásico, trabaja como tal, sin haber sido jamás contemporáneo. Lo que los poetas del pensamiento infantil denominaban “edades prelógicas”, caracterizadas por normas de razonamiento propias de la lógica de causalidad y no de contradicción. De lo contrario resultaría lo que no es: gastado y previsible.
Carlos Sierra, desde lo inmediato, trabaja para el futuro: el esfuerzo de una impronta duradera, donde el sujeto animal nos lo dice todo del grupo humano colectivo. Donde el sujeto animal es ejemplo y moral, objeto bello y viaje sin retorno, porque es la Psique quien no descansa en el laberinto de curvas y colores, materiales y posiciones, fugacidades y resortes, ya está dicho, entre una realidad alucinada y, al otro lado del burladero, cierta paz mundana que busca y no encuentra la mejor de las explicaciones a su causa. Indescifrable y misteriosa es la obra toda de este poeta de lo inmediato.
Carlos: si quieres, reunimos aquí también el texto que acompaña a cada obra, uno a uno.